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Cuadernos de investigación y creación · III

El Mito de la Fuerza Física

Relaciones asimétricas, grooming e indefensión aprendida en vínculos intragénero.

I. La pregunta inicial

Al trabajar la relación entre Antonio y Ernesto en El Exilio de Antínoo, me encontré con una pregunta que no quería resolver de manera superficial: ¿cómo puede una persona joven, fuerte, atractiva, físicamente capaz y aparentemente independiente quedar atrapada en una relación de abuso?

La pregunta es incómoda porque suele formularse mal. Muchas veces se plantea casi como sospecha contra la víctima: “¿por qué no se defendió?”, “¿por qué no se fue?”, “¿por qué permitió eso?”. Pero esas preguntas presuponen que la violencia íntima funciona como una pelea abierta entre dos cuerpos, cuando en realidad muchas dinámicas de abuso se construyen en otro lugar: en el aislamiento, la culpa, la dependencia, la vergüenza, la erosión de la autoestima, la manipulación de la realidad y la pérdida progresiva de confianza en el propio juicio.

Este cuaderno nace de esa tensión. No pretende hacer diagnóstico clínico de personajes ficticios ni convertir la novela en un expediente psicológico. Tampoco busca describir una fórmula de manipulación. Su propósito es otro: examinar, desde materiales de investigación y desde el proceso creativo, cómo la fuerza física puede volverse irrelevante cuando la voluntad ha sido debilitada por una estructura de control.

La literatura sobre violencia de pareja, abuso psicológico, control coercitivo, indefensión aprendida y violencia intragénero permite formular mejor una intuición narrativa: un hombre puede ser fuerte y, aun así, quedar atrapado. No porque su cuerpo sea débil, sino porque la violencia no siempre intenta derrotar el cuerpo. A veces intenta desorganizar la mente.

En la novela, Antonio no está construido como una víctima pasiva. Tiene deseo, orgullo, belleza, humor, ambición y energía. Precisamente por eso la pregunta se vuelve más exigente. Si el personaje fuera frágil desde el comienzo, el abuso sería fácil de representar. Lo difícil era entender cómo alguien con vitalidad real puede ir cediendo espacios de libertad sin advertir, al principio, que esos espacios no serán devueltos.

II. La violencia no siempre empieza por la violencia

Una relación abusiva no siempre comienza con una amenaza. Muchas veces comienza con algo que parece responder a una necesidad legítima.

  • Compañía
  • Casa
  • Grupo
  • Idioma común
  • Música
  • Comida
  • Pertenencia
  • Alguien que conoce la ciudad
  • Alguien que parece traducir el mundo nuevo

En contextos de migración, exilio o precariedad, esas formas de acogida pueden tener una fuerza enorme. Una persona recién llegada a un país no solo necesita dinero o papeles. Necesita orientación, afecto, códigos sociales, familiaridad, una pequeña comunidad que la devuelva a sí misma. En ese espacio, una relación puede sentirse inicialmente como refugio.

El problema empieza cuando el refugio comienza a exigir obediencia.

No toda relación intensa es abusiva. No toda diferencia de edad, dinero, experiencia o estatus produce violencia. Sería injusto y moralista plantearlo así. Existen relaciones asimétricas sanas, consensuales y cuidadosas. La pregunta no es si hay diferencia. La pregunta es qué se hace con esa diferencia.

Una asimetría puede sostener. También puede capturar.

Cuando la ayuda se convierte en deuda, cuando el consejo se vuelve permiso, cuando la protección se transforma en vigilancia emocional, cuando la gratitud se exige como obediencia, la relación empieza a cambiar de naturaleza. La violencia no ha aparecido todavía con su forma más visible, pero ya se está reorganizando la libertad de la otra persona.

En el universo de la novela, esta transición importa más que el golpe. La violencia más peligrosa no siempre entra por la puerta como violencia. A veces entra como solución. A veces se parece demasiado a lo que la víctima estaba buscando.

III. El mito de la fuerza física

Uno de los prejuicios más persistentes sobre la violencia entre hombres es la idea de que, si ambos son físicamente capaces, el abuso no puede ser real o debe entenderse como una pelea entre iguales.

Ese prejuicio es peligroso.

La violencia de pareja no se mide solo por tamaño corporal. Se mide por control, miedo, dependencia, coacción, aislamiento, daño psicológico y capacidad de la víctima para decidir libremente. La fuerza física puede servir en una pelea abierta. Sirve mucho menos cuando la persona que daña es también quien ofrece afecto, pertenencia, deseo, casa, dinero, protección o futuro.

Un hombre joven puede levantar peso, tener presencia física y, sin embargo, sentirse incapaz de contradecir a su pareja. Puede tener músculos y no tener un lugar seguro a donde ir. Puede parecer libre en redes y estar siendo chantajeado en privado. Puede ser deseado por muchos y, al mismo tiempo, depender emocionalmente de una sola persona que lo desvaloriza.

La fuerza física se vuelve inútil cuando la víctima ya no interpreta la defensa como una opción real. Si defenderse significa perder techo, grupo, imagen pública, pareja, acceso económico o pertenencia, la mente calcula el peligro de otra manera.

Por eso la pregunta “¿por qué no se defendió?” suele llegar tarde y mal.

Una pregunta más precisa sería:

¿Qué sistema de dependencia, miedo o vergüenza hizo que defenderse pareciera imposible, inútil o demasiado costoso?

IV. Indefensión aprendida: cuando la salida deja de parecer salida

La indefensión aprendida, asociada al trabajo de Martin Seligman y Steven Maier, describe un fenómeno en el cual un individuo expuesto repetidamente a experiencias adversas que no puede controlar termina por dejar de intentar escapar o modificar su situación, incluso cuando aparece una posibilidad de salida.

Aplicado con prudencia al abuso de pareja, el concepto ayuda a entender una parte del problema. No se trata de decir que la víctima “se deja” abusar. Se trata de observar cómo la repetición de daño, reconciliación, culpa y fracaso va rompiendo la relación entre acción y resultado.

La víctima intenta muchas cosas: callar, discutir, complacer, pedir perdón, resistir, negociar, explicar, alejarse por unas horas, volver, hacer como si nada, justificar, prometer que cambiará. Pero si cada intento termina en el mismo ciclo de tensión, humillación o miedo, la mente puede aprender una conclusión devastadora:

  • “Haga lo que haga, nada cambia.”

Cuando esa idea se instala, la salida puede existir materialmente y, sin embargo, dejar de sentirse disponible. La puerta puede estar abierta. La maleta puede estar cerca. El teléfono puede estar en la mano. Pero la persona ya no confía en que actuar produzca una consecuencia segura.

La indefensión aprendida no es falta de inteligencia. No es cobardía. No es debilidad moral. Es una forma de colapso de la autoeficacia: la persona empieza a perder la creencia de que sus propias decisiones pueden alterar el curso de su vida.

En un hombre joven, especialmente si su imagen pública es fuerte, atlética o desafiante, ese colapso puede quedar muy bien escondido. La víctima sigue pareciendo funcional. Puede seguir entrenando, publicando, saliendo, riendo. Pero internamente ha empezado a negociar con una idea terrible: que nada de lo que haga servirá.

Ese es uno de los efectos más graves del abuso psicológico.

V. Control coercitivo: la violencia como sistema

La violencia de pareja no siempre es una suma de episodios. A veces es un sistema. Mary Ann Dutton y Lisa A. Goodman han trabajado el concepto de control coercitivo como una forma de comprender la violencia íntima más allá del evento aislado. Lo importante no es solamente si hubo un golpe, una amenaza o un insulto, sino cómo esos actos se integran en una estructura que reduce la autonomía de la víctima.

El control coercitivo organiza la vida de otro.

Puede decidir con quién habla la víctima, cuánto dinero tiene, qué cuenta usa, dónde duerme, qué publica, qué oculta, qué amistades conserva, qué culpa carga, qué versión de los hechos se considera “real”. La violencia física puede aparecer o no; cuando aparece, suele reforzar una estructura que ya venía preparando el terreno.

Este enfoque es útil para el cuaderno porque desplaza la atención desde la pregunta superficial —“¿hubo fuerza física suficiente para escapar?”— hacia una pregunta más seria:

¿Qué margen real de decisión le quedaba a la víctima?

En la novela, el peligro de ciertas relaciones no está solo en la agresión visible, sino en la forma en que una persona puede empezar a depender de otra para interpretar la realidad. El abuso se vuelve más eficaz cuando la víctima no solo teme al agresor, sino que empieza a necesitarlo para entender qué le ocurre.

Ahí el control se vuelve más profundo.

No se controla únicamente el cuerpo. Se controla el relato.

VI. Violencia intragénero: cuando el entorno no sabe leer el daño

La violencia en parejas del mismo sexo comparte muchos elementos con otras formas de violencia íntima: control, miedo, aislamiento, dependencia, amenazas, humillación, agresión física o sexual, reconciliación y repetición. Pero en parejas de sexo masculino, también tiene dificultades particulares.

Una de ellas es la lectura social de la violencia entre hombres.

Cuando dos hombres discuten o se agreden, el entorno puede reducirlo a una “pelea”. Esa palabra borra muchas cosas. Borra la asimetría psicológica. Borra el miedo acumulado. Borra el ciclo. Borra el control. Borra la vergüenza. Borra la posibilidad de que uno de los dos esté siendo sometido dentro de una dinámica íntima sostenida.

Además, el mandato de masculinidad puede impedir que la víctima pida ayuda. A muchos hombres se les enseña que deben poder defenderse, resolver, aguantar, no llorar, no denunciar, no presentarse como vulnerables. Para un hombre gay o bisexual, esa presión puede mezclarse con homofobia, miedo al ridículo, temor al outing o desconfianza hacia instituciones que quizá no entiendan la violencia intragénero.

El resultado es silencio.

La víctima puede sentir que nadie le creerá. Puede temer que la policía, la familia o los amigos interpreten la situación como conflicto entre dos hombres adultos. Puede tener miedo de ser humillado por no haberse defendido físicamente. Puede callar para no confirmar estereotipos negativos sobre las relaciones entre hombres.

Ese silencio protege al agresor.

Nombrar la violencia intragénero no significa atacar a la comunidad LGBTQ+. Al contrario: significa reconocer que esas relaciones merecen el mismo grado de seriedad, cuidado y protección que cualquier otra relación íntima. No hay igualdad real si ciertas víctimas quedan invisibles porque no encajan en la imagen tradicional de víctima.

VII. Asimetría no significa abuso

Conviene detenerse aquí porque el tema puede prestarse a simplificaciones.

No toda relación asimétrica es abusiva. No toda diferencia de edad, dinero, experiencia, estatus migratorio o posición social implica depredación. En relaciones entre adultos pueden existir diferencias importantes y, aun así, haber respeto, libertad, deseo genuino y cuidado por la pareja.

El problema no es la asimetría en sí. El problema es su uso.

Una persona con más edad, recursos o experiencia puede acompañar sin dominar. Puede cuidar sin poseer. Puede aconsejar sin sustituir la voluntad del otro. Puede amar sin convertir la gratitud en obligación.

La relación se vuelve peligrosa cuando la diferencia empieza a funcionar como herramienta de subordinación. Cuando quien tiene más poder define qué es normal, quién merece confianza, qué límites son aceptables, qué debe sentir la otra persona y cuánto debe pagar por haber sido ayudada.

En términos prácticos, la alerta aparece cuando:

la ayuda se recuerda como deuda;

la admiración se transforma en obediencia;

la pareja desacredita toda red externa;

los límites de la víctima se presentan como ingratitud;

el dinero, la casa, los contactos o la experiencia se usan para controlar;

la persona joven empieza a sentir que sin la otra no existe.

En el proceso creativo de la novela, esta distinción era indispensable. No quería sugerir que toda diferencia fuera abuso. Tampoco quería negar que, en ciertos contextos, una diferencia puede ser explotada. Antonio no se acerca al peligro porque carezca de voluntad. Se acerca porque hay algo allí que responde a necesidades reales: pertenencia, idioma común, grupo, deseo, reconocimiento, salida de la soledad y el aislamiento.

El abuso más eficaz no siempre inventa una necesidad. Muchas veces encuentra una necesidad verdadera y la usa como puerta de entrada.

VIII. Grooming adulto: reconocer señales sin escribir un manual

El término grooming suele asociarse a menores de edad, especialmente en entornos digitales. Sin embargo, también puede hablarse de grooming adulto cuando una persona vulnerable, aunque legalmente mayor de edad, es preparada mediante confianza, dependencia, aislamiento y manipulación para aceptar situaciones que dañan su autonomía.

Debe usarse el término con cuidado. No toda seducción es grooming. No toda intensidad es abuso. No toda diferencia de edad convierte una relación en predatoria. Pero cuando una persona con más poder detecta vulnerabilidades y las utiliza para reducir progresivamente la libertad de otra, el concepto ayuda a nombrar el proceso.

Aquí aparece una preocupación ética importante: describir el mecanismo no debe convertirse en una guía para quien quiera dañar. Por eso este cuaderno no presenta el grooming como un método, sino como un conjunto de señales que la víctima y su entorno pueden reconocer.

Una relación debe encender alarmas cuando:

  1. avanza demasiado rápido y exige compromisos grandes antes de que exista confianza real;
  2. convierte la ayuda en deuda emocional;
  3. desacredita amigos, familia o cualquier punto de apoyo externo;
  4. presenta los límites de la víctima como inmadurez, egoísmo o falta de amor;
  5. exige secreto;
  6. utiliza vergüenza, dinero, techo, documentos, imágenes o reputación como instrumentos de presión;
  7. hace que la víctima empiece a dudar de su propia percepción de los hechos.

Estas señales no sirven para diagnosticar desde fuera con ligereza. Sirven para preguntar mejor, para escuchar mejor, para intervenir antes.

La pregunta central no es “¿cómo opera un abusador?”.

La pregunta central es “¿cuándo una relación empieza a reducir la libertad de una persona?”.

Esa diferencia es decisiva.

IX. El vínculo traumático: cuando el afecto también te ata

Una relación abusiva rara vez es violencia pura e ininterrumpida. Si lo fuera, quizá muchas víctimas saldrían antes. Lo que la vuelve especialmente difícil es la alternancia entre daño y alivio.

Humillación y ternura.

Miedo y disculpa.

Control y promesa.

Agresión y reconciliación.

Crueldad y una escena de amor que parece reparar todo.

Esa alternancia puede producir lo que se ha llamado vínculo traumático. La víctima no permanece únicamente por miedo. A veces permanece por esperanza. Espera que vuelva la persona del comienzo. Espera que la disculpa sea verdadera. Espera que la agresión haya sido excepción y no patrón. Espera que el amor gane.

Desde fuera, esa esperanza puede parecer incomprensible. Desde dentro, puede sentirse como la única forma de no admitir que algo se perdió.

Por eso el entorno debe evitar la humillación de la víctima. Frases como “¿cómo pudiste volver?” o “yo te lo dije” pueden reforzar el aislamiento. La víctima no necesita más vergüenza. Necesita una salida que no le exija destruirse moralmente para pedir ayuda.

El vínculo traumático no se rompe solo con información. Se rompe con seguridad, apoyo, tiempo, repetición de confianza y pequeñas experiencias concretas de autonomía recuperada.

X. Coerción digital: la jaula sin rejas

En la era de las redes, el abuso puede quedar alojado en archivos, contraseñas, capturas, videos, cuentas y amenazas de exposición. La violencia ya no necesita siempre una puerta cerrada. Puede vivir en un teléfono.

El abuso sexual basado en imágenes —incluida la amenaza de difundir material íntimo sin consentimiento— tiene una fuerza particular en víctimas jóvenes, LGBTQ+ o socialmente visibles. La amenaza no se limita a la intimidad sexual. Toca reputación, familia, trabajo, seguidores, autoestima, posibilidad de futuro.

Para una persona cuya imagen pública importa, la coerción digital puede funcionar como una jaula invisible.

La amenaza puede formularse de muchas maneras:

  • “Voy a mandar esto.”
  • “Tu familia va a saber.”
  • “Nadie te va a mirar igual.”
  • “Tus seguidores van a verte de verdad.”
  • “Después de esto, no sirves para nada más.”

La crueldad de ese mecanismo está en convertir el cuerpo de la víctima en instrumento de castigo contra ella misma. La intimidad deja de ser memoria privada y se convierte en arma.

En el universo de la novela, la imagen tiene siempre una doble condición: abre puertas y produce peligro. La belleza visible puede ser capital, pero también puede ser mercancía. Las redes pueden dar comunidad, pero también exposición. El cuerpo puede generar admiración y, al mismo tiempo, volverse vulnerable a quienes quieren monetizarlo, poseerlo o degradarlo.

Por eso este cuaderno insiste en una respuesta: si aparece amenaza de exposición íntima, la vergüenza no pertenece a la víctima. Pertenece a quien amenaza, coacciona o distribuye.

El entorno debe saberlo. Una víctima chantajeada con imágenes necesita protección, asesoría, preservación de pruebas y apoyo emocional. No necesita juicio moral. Muchas jurisdicciones, incluyendo Brasil y los Estados Unidos, tienen leyes estrictas contra este delito.

XI. Cómo se recupera la salida

Cómo salir de una situación de violencia doméstica intragénero. Decir “vete” puede ser insuficiente.

Desde fuera, la salida parece obvia. Eres fuerte, joven, solo abre la puerta y sal de ahí. Pero desde dentro, puede parecer un salto al vacío. ¿Adónde voy? ¿Quién me cree? ¿Qué pasa con las fotos? ¿Qué pasa con el dinero? ¿Qué pasa si me busca? ¿Qué pasa si todos se enteran? ¿Qué pasa si no puedo empezar de nuevo?

La salida empieza a existir cuando se reconstruye la autoeficacia: la creencia de que las propias acciones pueden producir cambios reales. Albert Bandura desarrolló este concepto en términos amplios. En el contexto del abuso, resulta útil porque muestra que la víctima necesita volver a experimentar que puede actuar y que actuar sirve.

La recuperación no siempre empieza con una decisión heroica. A veces empieza con una acción mínima:

recuperar una contraseña;

guardar documentos;

contarle una parte de la verdad a alguien;

dormir una noche fuera;

abrir una cuenta propia;

hacer una llamada;

volver a una rutina que el agresor había debilitado;

pedir orientación legal o psicológica.

Cada pequeña acción puede contradecir la indefensión aprendida. Cada acción dice: “todavía puedo producir un efecto”.

El entorno debe apoyar sin sustituir completamente la voluntad de la víctima. Si se la trata como incapaz, se reproduce de otro modo la lógica del control. La ayuda debe devolver agencia, no arrebatarla.

La frase correcta no es:

  • “Yo te salvo.”

La frase correcta es:

  • “No tienes que salir solo.”

XII. El papel del entorno

Este cuaderno no habla solo a quien podría estar dentro de una relación abusiva. Habla también a quienes están cerca.

A veces la primera persona que nota el deterioro no es un familiar inmediato. Puede ser un amigo del gimnasio, una prima, un compañero de trabajo, un vecino, otro migrante, alguien del grupo, incluso un seguidor que percibe cambios en una persona pública: menos brillo, menos espontaneidad, respuestas raras, desapariciones, miedo a hablar, gestos de cansancio, una dependencia nueva.

No se trata de vigilar a los jóvenes ni de convertir el cuidado en control. Se trata de prestar atención con humanidad.

Algunas señales merecen cuidado:

la persona se aísla de sus redes habituales;

justifica humillaciones;

parece pedir permiso para todo;

cambia drásticamente su rutina por presión de la pareja;

habla de sí misma con desprecio nuevo;

oculta dinero, vivienda, contraseñas o documentos;

se culpa de conflictos que no controla;

tiene miedo de molestar;

parece cansada, apagada o robotizada;

defiende de manera excesiva a quien la está disminuyendo.

La ayuda debe abrir una puerta, no empujar a la víctima contra una pared. Conviene evitar el interrogatorio, la burla o el ultimátum. Es más útil ofrecer una presencia estable:

  • “Estoy aquí.”
  • “No tienes que contármelo todo ahora.”
  • “No voy a juzgarte.”
  • “No importa lo que haya pasado, sigues teniendo valor.”
  • “Si necesitas salir una noche, puedes venir.”
  • “Si hay fotos o videos, eso no cambia quién eres.”
  • “Esto no es una pelea entre hombres si te está destruyendo.”
  • “No tienes que poder solo.”

A veces una frase así no resuelve nada de inmediato. Pero puede quedar dentro de la víctima como una salida posible.

XIII. Resonancia con la novela

Este cuaderno acompaña una de las zonas más delicadas de El Exilio de Antínoo: la relación entre deseo, pertenencia, migración, imagen y vulnerabilidad.

La novela no presenta el peligro como una fuerza externa y simple. Lo presenta dentro de un mundo reconocible: jóvenes que buscan comunidad, cuerpos que circulan en redes, migrantes que necesitan apoyo, hombres que desean pertenecer, grupos que ofrecen calor y también riesgo, relaciones donde el afecto puede mezclarse con deuda, admiración, dependencia o miedo.

Antonio no funciona como advertencia moral ni como víctima ejemplar. Es un personaje vivo, contradictorio, impulsivo, hambriento de mundo. Su vulnerabilidad no cancela su deseo. Su deseo no cancela su vulnerabilidad.

Esa complejidad es importante. Si la víctima solo fuera inocencia, el abuso sería fácil de condenar, pero difícil de comprender. Si solo fuera imprudencia, la novela caería en culpa. Lo interesante está en el punto medio: una persona que busca vivir y, precisamente por eso, puede quedar expuesta.

El cuaderno no explica la trama. Solo ilumina una pregunta que la novela deja vibrando: ¿cuándo una relación deja de agrandar la vida de alguien y empieza a reducirla?

No todo refugio es hogar.

A veces, una puerta abierta es también el comienzo de una prisión.

Y a veces, una mano tendida a tiempo puede recordar que la prisión no era el mundo entero.

XIV. Cierre: la fuerza que vuelve

La fuerza física no basta para impedir el abuso. Pero eso no significa que la víctima carezca de fuerza.

A veces la fuerza queda suspendida bajo miedo, vergüenza, deuda, deseo, aislamiento y confusión. A veces no desaparece: espera condiciones mínimas para volver.

Cuando una víctima habla, la fuerza regresa.

Cuando alguien le cree, la fuerza regresa.

Cuando entiende que la vergüenza pertenece al agresor y no a ella, la fuerza regresa.

Cuando recupera una contraseña, un documento, una habitación, una cuenta bancaria, un amigo, una tarde propia, la fuerza regresa.

Cuando comprende que su cuerpo no quedó definido por lo que otro hizo con él, la fuerza regresa.

Ese es el punto de esperanza que este cuaderno no quiere perder. Un hombre joven puede ser sometido psicológicamente. Puede quedar atrapado. Puede congelarse por el miedo. Puede callar por vergüenza. Puede ser chantajeado con su propia imagen. Puede no saber cómo irse.

Pero también puede salir.

Y para salir no necesita que lo traten como alguien destruido. Necesita que alguien le recuerde, con hechos concretos, que todavía tiene voluntad.

La violencia le dice a la víctima: “no puedes”.

El entorno debe responder: “todavía puedes, y no tienes que poder solo”.

Bibliografía de trabajo y fuentes creativas

Las siguientes obras y fuentes fueron utilizadas como referencias conceptuales, psicológicas, documentales o creativas durante la elaboración de este cuaderno y del universo de El Exilio de Antínoo. No funcionan como aparato académico exhaustivo ni como afirmación de que la novela reproduzca casos reales. Son materiales de orientación, contraste, debate e inspiración.

A. Indefensión aprendida, control y autoeficacia

Maier, Steven F., y Martin E. P. Seligman. “Learned Helplessness: Theory and Evidence.” Journal of Experimental Psychology: General, 1976. Enlace: https://ppc.sas.upenn.edu/sites/default/files/lhtheoryevidence.pdf

Seligman, Martin E. P. “Learned Helplessness.” Enlace: https://ppc.sas.upenn.edu/sites/default/files/learnedhelplessness.pdf

Bandura, Albert. Self-Efficacy: The Exercise of Control. W. H. Freeman, 1997. Enlace: https://link.springer.com/rwe/10.1007/978-94-007-0753-5_2631

Anderson, Deborah K., y Daniel G. Saunders. “Leaving an Abusive Partner: An Empirical Review of Predictors, the Process of Leaving, and Psychological Well-Being.” Trauma, Violence, & Abuse, vol. 4, núm. 2, 2003, pp. 163-191. Enlace: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/14697121/

B. Control coercitivo, vínculo traumático y violencia de pareja

Dutton, Mary Ann, y Lisa A. Goodman. “Coercion in Intimate Partner Violence: Toward a New Conceptualization.” Sex Roles, vol. 52, 2005, pp. 743-756. Enlace: https://link.springer.com/article/10.1007/s11199-005-4196-6

Dutton, Donald G., y Susan L. Painter. “Emotional Attachments in Abusive Relationships: A Test of Traumatic Bonding Theory.” Violence and Victims, vol. 8, núm. 2, 1993, pp. 105-120. Enlace: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/8193053/

Dutton, Mary Ann. Empowering and Healing the Battered Woman: A Model for Assessment and Intervention. Springer Publishing Company, 1992. Enlace: https://books.google.com/books/about/Empowering_and_Healing_the_Battered_Woma.html?id=bP6xrVhGKroC

C. Violencia intragénero y barreras de ayuda en comunidades LGBTQ+

Rollè, Luca, Giulia Giardina, Angela M. Caldarera, Eva Gerino y Piera Brustia. “When Intimate Partner Violence Meets Same Sex Couples: A Review of Same Sex Intimate Partner Violence.” Frontiers in Psychology, vol. 9, 2018, art. 1506. Enlace: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC6113571/

Barbour, Ericka. “An Ecological Analysis of Same-Sex Domestic Violence between Gay Men.” Kaleidoscope, vol. 10, 2011, art. 38. University of Kentucky. Enlace: https://uknowledge.uky.edu/kaleidoscope/vol10/iss1/38/

Kurbatfinski, Stefan, et al. 2SLGBTQQIA+ Experiences of Intimate Partner Violence and Help-Seeking: An Intersectional Scoping Review. University of Calgary, 2023. Enlace: https://ucalgary.scholaris.ca/items/702858a7-54eb-48e6-8a54-a57c28c7ed95

Kurbatfinski, Stefan, Kendra Nixon, Susanne Marshall, Jason Novick, Dawn McBride y Nicole Letourneau. “‘That Was Terrifying!’: When 2SLGBTQQ+ Individuals and Rural Women Experiencing Intimate Partner Violence Are Stalked.” AIMS Medical Science, vol. 11, núm. 3, 2024, pp. 265-291. Enlace: https://www.aimspress.com/article/doi/10.3934/medsci.2024020

D. Grooming adulto y manipulación

Aletky, Chloe. “Adult Sexual Grooming: A Systematic Review.” Journal of Social Work in the Global Community, 2025. Enlace: https://scholarworks.waldenu.edu/jswgc/vol8/iss1/3/

Bainbridge, Laura, y Ava Loughery. “Adult Grooming, Exploitation, and Home Takeovers.” En Understanding and Preventing “Cuckooing” Victimisation: County Lines and Beyond. Routledge, 2025/2026. Enlace: https://eprints.whiterose.ac.uk/id/eprint/228056/

Nazare-Aga, Isabelle. Les manipulateurs sont parmi nous. Les Éditions de l’Homme, 1997/1999. Enlace: https://www.isabellenazare-aga.com/les-manipulateurs-sont-parmi-nous

E. Coerción digital, sextorsión y abuso sexual basado en imágenes

Paradiso, Maria Noemi, Luca Rollè y Tommaso Trombetta. “Image-Based Sexual Abuse Associated Factors: A Systematic Review.” Journal of Family Violence, 2023/2024. Enlace: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC10126554/

Breaux, Makayla, y Karen Holt. “Image-Based Sexual Abuse: An Overview.” Crime Victims’ Institute / College of Criminal Justice, 2024. Enlace: https://www.crimevictimsinstitute.org/pubs/?input=235&mode=view

F. Marcos complementarios: influencia, disonancia y prevención

Cialdini, Robert B. Influence: The Psychology of Persuasion. Harper Business. Enlace: https://www.influenceatwork.com/books-and-publications/

Festinger, Leon. A Theory of Cognitive Dissonance. Stanford University Press, 1957. Enlace: https://www.sup.org/books/sociology/theory-cognitive-dissonance

Este cuaderno forma parte de los materiales de creación e investigación de El Exilio de Antínoo. No es un capítulo de la novela, ni una explicación cerrada de sus personajes, ni un manual psicológico, clínico o legal. Es una pieza de autor: un cuaderno de trabajo, reflexión y archivo, donde algunas lecturas psicológicas, sociológicas y literarias dialogan con el proceso de imaginar una historia contemporánea sobre belleza, exilio, cuerpo, redes, violencia, dependencia, cuidado y libertad.

El propósito de este cuaderno es ayudar a nombrar dinámicas de abuso, control, manipulación, indefensión y coerción digital desde una perspectiva de prevención, reconocimiento y esperanza. No busca describir técnicas para dañar a otros ni ofrecer una guía operativa de manipulación. La exposición de señales y mecanismos se orienta a que víctimas, amigos, familiares, lectores y entornos de apoyo puedan reconocer antes lo que muchas veces se entiende demasiado tarde.

El Exilio de Antínoo es una obra de ficción. Cualquier semejanza con personas reales, hechos reales, lugares, organizaciones, dinámicas o situaciones concretas es mera coincidencia, condensación narrativa o libertad literaria. Este cuaderno funciona como material creativo y contextual vinculado al universo de la novela. Las fuentes citadas son materiales de trabajo e inspiración intelectual, no un aparato académico exhaustivo ni una afirmación de que la novela reproduzca casos reales de manera literal.

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